
Psicoterapia Transpersonal con Medicina Sagrada. Un vehículo a reinos amplios de Ser y de Consciencia
“Ser arrancado de la esclavitud de la percepción ordinaria,
que te sean revelados por unas horas el mundo interior y exterior,
tal como son comprendidos directa e incondicionalmente por la mente
en su totalidad, es una experiencia de inestimable valor para cualquiera.”
Aldous Houxley
Consideremos a las medicinas sagradas cual vehículos que facilitan navegar el alma para explorar, curiosearse y conocerse mejor. Numerosos psicólogos, investigadores de la consciencia y estudiosos de religiones saben que milenios atrás las plantas de poder han sido parte constitutiva de la tecnología de lo sagrado en los rituales. Se han usado para ayudar a conectarnos, vía cierto trance vital y anímico, con poderes y estadios propios, tanto naturales como sobrenaturales. Los vikingos y eslavos, los antiguos hindúes y griegos (lee del Soma de los Védas y del ergot y kykeon del rito Eleusino) usaban agentes mágicos para subir su nivel de energía y vitalidad, abrir la mente y expandir la consciencia, con el fin de acceder a reinos empoderados, sutiles y divinos. Muchas etnias nativas de América aún usan plantas de poder cual medio físico, social y espiritual. Su uso debe ser de libre elección y beneficio personal.
La historia cuenta que el emperador Teodosio el Grande, tras haber sido sometido por el obispo de Milan, Ambrosio, ordenó en su Edicto de Constantinopla, año 393, que se prohibiese el paganismo, y obligó a que toda persona dentro del Imperio Romano se hiciese cristiana. En suma, prohibió la realización de cualquier ritual no cristiano, de toda danza pagana (léase de todas las danzas), y de las añejas Olimpiadas. Empezó a retumbar un tenebroso dogma que, a fuego y espada, aniquiló a las tradiciones raizales, dogma que hasta hace poco dictó que el cuerpo mismo era pecado; de modo que cuanto implicase al cuerpo, por añadidura se consideró sucio, pagano, prohibido. Bajo esa férrea fiebre idealista y apolínea, Europa asoció Dionisio (Nagüal, arquetipo juguetón, el loco, Afrodita) al demonio, Hades (lo inconsciente, el sabio, el curiosearse) se asoció al infierno, y los Misterios Eleusinos dedicados a Demeter (LaMadre) fueron clausurados. Misterios Eleusinos a los que, como a las Olimpiadas, se les rendía culto desde casi 2.000 años atrás y eran considerados el más excelso y supremo ritual del enorme panteón griego. Sabemos de templos esparcidos por Cataluña, el sur de Italia, Macedonia, Grecia y la actual Turquía, en donde ciertas mujeres de saber lideraban, por medio de la cerveza psicodélica (el kykeon), este magnífico ritual dedicado a LaMadre, Demeter, la diosa. Toda esta tradición, borrada de un plumazo por el obispo Ambrosio y el emperador Teodosio, fue extinguida a punta de cazar y quemar brujas, yerbateras, curanderas y personas de saber por más de trece oscuros siglos. Recordemos que herejía significa opinión y que, al ser para la Iglesia el peor de los pecados, opinar ha sido imperdonable.
Toda vivencia ritual de carácter local (a una etnia o región) y con poder de fuego transformador fue perseguida, en últimas erradicada, y cesó de celebrarse. Europa encarnó una serie de reinos cristianos, centralizados, sometidos a unos mitos y a unos ritos uniformes, fijos, dictados e impuestos desde Roma, centro del poder. Las danzas, las Olimpiadas y los brebajes mágicos de cerveza psicodélica (el kykeon usado antes en los Misterios Eleusinos) fueron reemplazados por un único elemento, impuesto a todas las gentes: la hostia, (¡pan sin levadura!). La hostia representó al salvador Jesús Cristo que, según esa idea, vendría a salvar a los ahora víctimas. ¿De qué salvaría él?
A tan incómoda pregunta se responde lo obvio: pues del infierno (imaginado) que ese mismo Dios, en el que se forzó a las gentes a creer, había creado. Y de la mano de san Agustín, el padre de la Iglesia que por ese tiempo y dada su culpa sexual proyectó en el cuerpo tan sombrío mal que lo consideró pecado, nos asustamos del propio cuerpo y nos enajenamos, subidos a la cabeza, a creencias ajenas, a creernos nacidos en pecado, aunque superiores al reino natural (con el que nada teníamos que ver). Europa entró en esa tenebrosa época llamada por los historiadores el Oscurantismo, en la que por siglos y siglos a millones de personas se les enseñó a ignorar, negar y no sentir su propio cuerpo, ni abrazar a otros, y se impidió acceder a algún nivel de energía, realidad o conocimiento otro que el dictado, que se normalizó. Leonardo DaVinci estudió cadáveres a escondidas a inicios de 1500, san Juan de la Cruz fue apresado por la Inquisición y huyó de ella a finales de los 1500, igual Baruch Spinoza 100 años después; en 1600 quemaron vivo a Giordano Bruno en Roma y Galileo Galilei fue juzgado después. Una sumamente larga y triste lista evidencia cómo en los modos sociales se vivió la cama de Procusto. Desde san Agustín los templos habían dejado de ser sitios de asombro, gracia, vitalidad. Derramaban oratorias de culpa, sufrimiento y terror. Nietzche lo resume bien al preguntarse ¿cómo fue posible que Europa hubiese creído que esta vida es una gusanera sin valor de ser vivida, y que solo la vida después de esta sí vale? Para compensar, dice el filósofo Edgar Morin, “el hombre blanco le robó el alma al mundo y se la atribuyó solo a sí mismo”.
Hoy, en medio de una enorme crisis planetaria, espiritual, social, ecológica, política, y cuando Caín y Abel (Ucrania y Rusia) reencarnan una pelea mortal, justo en la zona de donde surgió el emocionar patriarcal, y recuperados enhorabuena algunos vehículos enteógenos (lee Alex Shulgin, Terence Mckenna, Albert Hofmann y sus fórmulas mágicas), creemos que la salida más amable y responsable, y a la vez divertida y empoderada es hacia dentro, para abandonar el sitial de víctima, para asumirse mago, cocreador en este plano de realidad. Jardinear en el alma un imaginario bello y bondadoso, aprender a pensar bonito, es el desafío a cultivar. Para ello, urge recuperar y crear rituales con poder transformador en virtud de aumentar nuestro nivel de energía, de saber y conexión; urge abrir la mente y atravesar el laberinto (llevar a cabo nuestra labor interior) para acceder a reinos verdaderos del espíritu, sí, hasta revivir una sentida unidad consigo mismo, con la madre Tierra y con lo sagrado en la Vida, sin dogmas en medio. El estado de gracia y dicha puede ser vivido, sí, integrado al cuerpo, a este precioso cuerpo nuestro redimido, cuerpo que es templo del mundo interior, cuerpo que hemos aprendido a querer y a cuidar, cuerpo que, siendo amado, es más que mera materia: es encarnación y a la vez representación tridimensional de nuestra alma, del ser que somos.
Es un momento decisivo y emocionante de nuestra historia individual y social, como especie y planetaria. Nos encanta poder vivir esta muerte a lo viejo y nacimiento a lo nuevo con los ojos abiertos, bien acompañados, a plena consciencia de que nos estamos jugando el destino, el futuro, como consideramos mejor, no como un dictado, sino explorando el misterio que es la granDiosa vida, con curiosidad y atención, y tratando de ser amables consigo mismos al nombrar cada territorio que nos topamos. Chuang Tsu decía “la crisálida llama muerte a lo que la vida llama mariposa”. E independiente de la suerte y del karma que corramos, nos encanta compartir este emocionante y sentido Camino con CoRazón contigo, confiados en que logremos lo que nos corresponde: más verdad, más belleza, más bondad.
Gracias por caminar con nosotros.
ॐ
Herramienta

Escaneo corporal
El siguiente ejercicio es un recurso para ayudarnos a cultivar una mayor presencia en nuestro cuerpo, tomar consciencia de nuestras sensaciones y emociones e indagar sobre lo que necesitamos o podemos mover en el cuerpo.
ॐ
Mito

La serpiente: nacimiento, muerte y renacimiento
En La serpiente muda de piel al crecer. Su epidermis –compuesta por escamas– no crece con ella, y el reptil debe abandonarla por completo de forma periódica. Luego de generar una nueva piel por debajo –con lo cual la serpiente tiene la posibilidad de reparar heridas pasadas, eliminar piel dañada y deshacerse de parásitos–, esta se recoge mientras suelta su forma antigua. En el proceso la serpiente deja de comer, busca refugio, y sus ojos tornan blancos lechosos; el reptil se dilata para separarse de su recubrimiento, el cual quedará más ancho y entre 25 y 50 % más extenso que el mismo animal.
Esta capacidad de abandonar la vieja forma como modalidad de crecimiento es símbolo de regeneración para numerosas culturas que la toman como expresión de la purificación del cuerpo. Para egipcios y mayas la serpiente reencarna a sus dioses; para budistas y griegos representa la renovación de la vida, y para los romanos simboliza curación. En Egipto la serpiente era un símbolo de sabiduría, sus ojos eran una apertura a la experiencia mística y a la premonición, símbolo asociado a las diosas y al conocimiento; la diosa Renenutet, con cabeza de serpiente, vinculada a la fertilidad.
Python, hija de Gea la Tierra y de Tártaros dios de los infiernos, era una serpiente que guardaba el oráculo de su madre. Apolo mató a la serpiente y ofreció su altar a las sacerdotisas del oráculo, a las que llamó pitias o pythonissas. Para los hinduistas, las cobras son sagradas porque una cobra le salvó la vida a Brahma, dios creador, al protegerlo de los rayos del Sol ensanchando su cabeza. En la iconografía hindú, la cobra se asocia a Brahma, Vishnú, Shiva y Kali. En la India las serpientes han sido dioses y guardianes de las aldeas.
La diosa de las serpientes minoica está en la médula de la simbología de la Edad de Bronce, que desciende del alto simbolismo de la tradición hindú y deriva en el yoga, con sus dos canales ida (principio lunar) y pingala (principio solar).
La gran comprensión mística estriba en que esos dos aspectos de la consciencia en realidad son una sola conciencia, de modo que la conciencia en el campo de la vida es al mismo tiempo conciencia liberada de ese ámbito […]. La diosa sostiene una serpiente en cada mano, un gesto ritualizado de afirmación divina. El diseño en forma de red de su falda sugiere que es la tejedora de la red de la vida, la cual se teje perpetuamente a partir de su matriz. […] Las dos serpientes simbolizan que mientras se tenga tiempo, se tendrá dualidad, nacimiento y muerte. Las serpientes representan muerte y resurrección, y el león que aparece sobre su cabeza representa el principio de acuerdo con el cual la luna muere y vuelve a nacer. (Joseph Campbell, Diosas. Misterios de lo divino femenino, pp. 104-105)
En la mitología nórdica, la serpiente Jörmundgander creció hasta rodear el mundo y apresar su propia cola con los dientes, símbolo mítico de la unión, lo que nos remite a Uróboros: la serpiente que se muerde su cola y que representa la constancia cíclica de lo femenino y la continuidad del ciclo vital de la Vida.
Ronin, serpiente cósmica, es el río que marca la vida de los shipibo-konibo. Al presentar momentos en los que se desborda, el río marca un proceso de destrucción y regeneración de sus pueblos en parajes distintos de las riberas. Se convierte así en un emblema de renacimiento que indica el camino hacia una nueva vida. Entre las tribus de indios amazónicos son frecuentes los mitos de creación que hablan sobre una anaconda que viaja por los meandros de un gran río y va poblando aldeas en las riberas, es el mito de la serpiente-canoa.
En las culturas precolombinas, las serpientes eran reencarnación de los dioses, como Quetzalcoátl (serpiente emplumada) de la cultura azteca –capaz de volar hacia el cielo y llegar al espíritu–, Xiuhcoatl (serpiente de fuego), Mixcoatl (serpiente de nube) y Coatlicue (la de la falda de serpientes), madre del dios Huitzilopochtli.
En la Biblia está la serpiente que aborda a Eva, y también está el Leviatán, serpiente del mar que Yahvé debe exterminar, siempre representando a un ser inteligente, deshonesto, enemigo de Dios y del hombre.
Los pueblos cultivadores asocian a la serpiente con el poder de la vida para superar la muerte, con lo cual hace
[…] un giro peculiar de nuestra tradición bíblica, en la que la serpiente está condenada, como lo están las mujeres y la naturaleza. En otras culturas, aunque peligrosa, la serpiente es uno de los tres grandes símbolos del poder vital en el campo del tiempo. Serpiente, toro, luna: el sol se abalanza sobre la luna y la luna muere en el sol; el león se abalanza sobre el toro; el águila, el ave solar, se abalanza sobre la serpiente. […] Lo que representan la luna, el toro y la serpiente es el poder de superar la muerte y renacer de nuevo. (Joseph Campbell, Diosas. Misterios de lo divino femenino, pp. 104-105)
Hoy en día, en Tanzania se les considera emisarios de brujos y les temen. Hay zonas rurales alemanas que creen que los cabellos de una mujer menstruante enterrados se convierten en serpientes. Y en el sur de Birmania, cuando una mujer se peina durante su período menstrual, debe quemar los cabellos que se le caen para que no se transformen en serpientes venenosas. Una versión de dicha creencia también se encuentra en el noroeste argentino y en Chile.
Los tchokwé de Angola favorecen la fecundidad de sus mujeres poniendo una serpiente de madera en la cama matrimonial. Y en el norte de Sudáfrica, la tribu Benda practica un antiguo rito de fertilidad basado en la veneración de las serpientes que simboliza a una pitón desenroscándose.
A nivel simbólico, tanto el sistema medico como el capitalismo se representan con una serpiente escalando un báculo: la kundalini, energía vital.
ॐ
Talleres MieL



La voz de tu vientre, septiembre 2022



Maitri, abril 2023
ॐ
Relato del alma
Rostros de la madre
Cerré los ojos con curiosidad. Como cuadros de una película, desfilaron ante mí imágenes fugaces que revelaban ya el tono de mi viaje. Revisité a esa niña introvertida de maneras sutiles, cuya habilidad para caminar silenciosa, sin que la madera crujiese, se había afinado a lo largo de mi vida por respeto al sueño y al espacio ajenos. Era en realidad mi entrenamiento para no ser una molestia, para que nadie jamás me pidiese que me fuera, para comprobar de alguna forma que era amada.
Una inteligencia excepcional derramó luz sobre mi dolor más reciente. La herida de rechazo estaba aquí de nuevo con otro de sus rostros, uno definitivamente cruel, revelándome la cruda verdad: el olvido de mí misma.
Era la herida de mi abuela, de mi madre, de las mujeres. Era la sed de ser amadas.
¡Cuánto de ello aún estaba vivo en mí!
Rompí a llorar. El sonido de mi llanto, imposible de contener, estorbó como nunca. Me alejé de quien me acompañaba para no molestar, para no ser escuchada, pero la sensación de no ser recibida me mostró su mueca de desprecio y su onda envolvente me hundió en la desesperanza.
— ¿Vista y amada? ¿Realmente necesitas saber que eres amada? —dijo la voz que parecía venir del árbol que me daba sombra.
— ¿Te das cuenta de que a quien verdaderamente estorbas, es a mí?
Mis lágrimas ya no eran mías: la vida lloraba a través mío. ¡La vida misma!, estancada, reducida a mi minúsculo escenario, lloraba mares a través de mis ojos pues su cauce creador, en mi sensación de no ser vista, se estancaba. Me atravesó la vergüenza. Entregarme al dolor de la soledad, de la impermanencia, renunciar de raíz al deseo de ser sostenida por algo afuera de mí, me dije, es la única salida. O morir.
En esa postura de alma sentí un estruendo. Un terremoto destruyó el suelo bajo mis pies y me sepultó en una caída vertiginosa bajo toneladas de cemento. Me encontré tirada en el piso frío de un baño. Sentí mi cuerpo inmóvil, pesado como una roca, fundido con la gravedad. Mi mirada clavada en el baldosín, el mismo que adornaba el patio de la casa donde nací, me revelaba que aún tenía consciencia de mí. Solo existía la sensación de fría nada, de inerte parálisis, de no emoción, ¡ni siquiera miedo!
He muerto —pensé—, ya nadie puede oírme, nada rescatarme. Es todo.
Mientras contemplaba esa nada , una mano gigante me tomó por la cintura y me levantó de las profundidades, al tiempo que su contundente voz masculina pronunció: “Tú sí mereces”. Regresé a la superficie y abrí los ojos a una luz cálida naranja y rosa que me cubría. Me supe escogida, cuidada, renacida.
Pero un nuevo temblor habitó mi cuerpo. Mi zona lumbar comenzó a vibrar con tal fuerza que levantaba mi cadera y me dejaba sin aliento. Cada célula y tejido, cada memoria y espacio no habitado fue recorrido, sacudido por una corriente descomunal. Mis movimientos se tornaron sinuosos, reptilianos, mi lengua serpentina. Abrí mis ojos y ví a la gran hembra dragón aletear gigante sobre mí: me miraba con brillantes ojos verdes.
Su voz sinuosa, en un lenguaje incomprensible, salió por mi garganta en verde llamarada. Su vibración absoluta, poderosa, me consumía y transformaba a su paso. ¡No sentí miedo!, ella era yo y yo era ella.
Era la dragona alada, la serpiente emplumada, la Kunda, la madre salvaje en su vuelo más fiero, el cauce manifiesto de la energía pura, capaz de limpiar todo a su paso; la ungida de poder, la sin miedo, la que se sabe completa y a la vez todo lo sabe, la que siempre ha sido, la que vino a crear.
Necesité orinar (¿justo ahora?). Intenté ponerme de pie, pero la hembra dragón me tumbó al suelo. Se había convertido en una mantis religiosa, en la abuela de todas las mantis que, posada sobre mi pecho, me miraba amenazante con ojos saltones y garras afiladas. Entonces habló de nuevo con voz aguda y penetrante a través mío:
— ¿Realmente crees que la inmensa e infinita energía que Soy puede ser contenida en un cuerpo minúsculo como el tuyo? ¡Tú, pequeñita, no tienes idea de mi grandeza!
Cuando de algún modo yo (o la consciencia de mí misma) me percaté de no ser realmente quien hablaba, sino la Gran Mantis a través mío, ella lo notó y señaló sus propios ojos, diciendo en tono vehemente:
— ¡Te veo venir! Pero esto no es acerca de ti. ¡Es acerca de MÍ ATRAVESÁNDOTE!
Y mírame bien! ¡YO SOY EL GRAN OJO QUE TODO LO PUEDE VER! ¿Crees acaso que de mí puedes esconderte? Pues lo que intentes ocultar aquí, —dijo mientras remedaba esconder algo con sus afiladas patas bajo el suelo—, ¡emerge por allá!
Así que ¿a qué juegas? Al final, no lo olvides, ¡yo misma te devoraré!
¡No sentí miedo!, ella era yo y yo era ella. Era la Maha Kali, la madre terrible, la que después de engendrarme quería devorarme, la que viene a mostrarme la voracidad del tiempo, la que me urge a no temer a la verdad, pues no hay escapatoria. La que un día, ciertamente, volverá a tragarme.
— Te gustaría saber cómo serías si me permitieses realmente atravesarte? ¿Si tu estrecha mente no estorbase?
Mi cuerpo se convirtió en un árbol de gruesa corteza, mis brazos en tupidas ramas. Otra voz floreció en mi garganta y la abrió a un vuelo sonoro exquisito, potente y fino a la vez. Viajaba como un río por cada espacio de mi cuerpo, multiplicando ramas y abriendo a su paso pequeñas flores verde primavera y blanco jazmín. ¡Cantó esa voz tanta belleza! Y mi ser fue el canto mismo jugando a parir infinitas vibraciones, a la gozosa creación de las formas, las formas de mi alma sin mente. Me supe amada, amante de la creación, parte de ella, en comunión florecida. Rendida a su paso. Experimenté Ananda, el gran orgasmo de la creación.
Comprendí que mi experiencia no es acerca de perder el amor de otros, ni siquiera acerca del amor propio, pues ambas pertenecen al reino de la importancia personal. Es acerca del amor–vida atravesándome. Es Nada Brahma, el río de la vida, revelando que soy todo y a la vez nada, el vacío que todo lo sostiene.
Exhausta, abracé mis rodillas. Un capullo envolvió mi cuerpo con suavidad, llevándome a una sensación uterina con olor a humus, tierra misma. Envuelta en su larga cabellera de blanco micelio, estaba frente a mí la anciana sabia, la que habita en las raíces del gran árbol de la vida. Era el mismo árbol cerca de un bosque que recientemente escogí para ser enterrada cuando muera, posiblemente amenazado ese árbol por el paso de una retroexcavadora.
— Protégeme de la bestia —dijo con firme dulzura—. Pues en mí habita la sabiduría de todos los tiempos, de todos los ancestros, de la eternidad.
No tuve miedo. Su dulce sabiduría me invitaba a amistar el inicio de mi vejez.
— El pecado no es no verte. El pecado es no ver el milagro de la vida que te habita y fluye a través de tí. Por eso enfermas, por ello te marchitas antes de que sea tu tiempo. Humíldate ante mí grandeza, mi fuerza y mi fiereza, ante mi sabiduría y mi dulzura.
Y mientras hablaba desde el fondo de mi ser, que era ella, veía los rostros de la hembra dragón, de la mantis, de la abuela sabia: rostros de la Gran Madre.
Un mensaje para la humanidad. Estiré mis brazos, que ahora eran raíces y vi perlas de nácar brillante adornando mis dedos.
— Estaré aquí hasta que la humanidad despierte. No se entra a los lugares sagrados sin el corazón limpio, sin pedir permiso, sin arrodillarse. Cuando sea tiempo, perlas de sabiduría te serán entregadas una a una.
Y repitió dulcemente mientras me mostraba el bosque:
— Protégeme de la bestia, pues en mí habita la sabiduría de todos los tiempos.
Yo quise, más que nunca, cuidar el bosque.
Tanto, en un puñado de niños santos.
Cata Salguero
ॐ
«Somos potencial creativo.
El reto es convertirse en acción creadora.»
La voz del chela

CHELA, palabra tibetana que remite a estudiante del saber profundo, es quien asiste y sirve a otros durante el Diplomado y/o los retiros. El chela es asistente, saborea el lugar medio entre facilitador y consultante, pudiendo así integrar y aplicar saberes y herramientas transmitidas.
ॐ
Hace poco fui a un retiro de tantra para mujeres y uno de los ejercicios fue una sesión grupal de constelaciones familiares. La consteladora dijo algo que quedó resonando en mí: “A los hijos hay que darles lo suficiente“.
Pensé en lo difícil que había sido para mí tomar la decisión de dejar a mi hija de casi tres años a cargo de su papá y otros miembros de la familia para irme a ese retiro de una semana y en todas las decisiones que he tomado como mamá desde el ideal de querer ser la mamá presente que lo da todo y no quiere equivocarse.
Ese querer darlo todo como mamá está muy presente en mi linaje. Soy hija única y siempre tuve y he tenido mucha mamá. Eso en mi caso se ha traducido en una capacidad de autorreflexión y claridad para navegar mi mundo interior desde que fui niña, y al mismo tiempo una ausencia marcada de sentido común que la adultez me ha obligado a ir remediando poco a poco.
En las oportunidades que he tenido de ser chela de Caminamos con CoRazón he podido ver las similitudes entre ese rol y la maternidad. En ambos se encarna un arquetipo principalmente femenino, receptivo, nutridor, de contención, manteniendo la observación aguda y atenta del principio masculino que permite observar el panorama general y actuar de manera acertada a lo imprevisto.
¿Qué significa entonces, en términos concretos, dar lo suficiente como mamá o como chela? ¿Esa maestría del camino del medio, del correcto temple, de sostener en una mano la rosa y en la otra la espada?
En marzo tuve la fortuna de acompañar a un grupo como chela mientras estaba en el séptimo mes de embarazo de mi segundo hijo. Llegué a Cocuyos sintiendo mis átomos dispersos. Había tenido una semana dura en términos físicos. Habían pasado solo unos días desde el retiro de tantra y algo en mí me pedía recogimiento y silencio para integrar la experiencia. Pero cuando llegué a casa encontré a mi hija enferma y pasé la semana en función de ella, durmiendo poco y mal. Para enfocar mi energía antes de la toma de medicina, hice lo mismo que todos los participantes del taller, incluyendo la meditación kundalini y las postraciones. Así me estaba permitiendo entrar en la medicina que ese momento me pedía.
Sentí con mucha claridad cómo ese día lo que se necesitaba de mí era una contención distinta a la que había dado en otras oportunidades. Aparentemente no hice mucho esa tarde. Solo me senté a respirar y a confiar en que mi cuerpo y mi mundo interior sabrían dar lo que se necesita en cada momento, así como hago al gestar este bebé. Algo que amo del estado de gestación es cuán enraizada en la tierra me hace sentir. Las hormonas, el peso de más, los movimientos del bebé, me llevan una y otra vez al cuerpo, a presenciarlo y sentirlo de una manera magnificada. Por eso se me hace fácil en este estado anclarme a sus sensaciones y abrirme a estados meditativos.
En la medida en que las personas del retiro fueron entrando en medicina, yo fui entrando más profundo también. Me sentía como una ballena saliendo a tomar aire, a hacer una pregunta a Josema o a Camilo (el otro chela), a tomar o comer algo para luego volverme a sumergir en el mar y sus profundidades. Cuando estaba allí podía sentir dónde debía dirigir mi atención y hacía Tonglen a veces, enfocándome en un participante en particular o en la energía grupal. Mi mente –siempre dispuesta a poner etiquetas– de repente perdió impulso, inhalaba el sentimiento o la sensación sin nombrarla y podía percibir mi corazón blando y abierto exhalando amor y compasión. Me sentía como una planta en un balance de reciprocidad hermoso. Dando al espacio y al grupo mis flores y, a la vez, por fin recibiendo de este entorno el tan anhelado espacio de presencia que necesitaba.
Más tarde, cuando ya las personas empezaban a aterrizar de su viaje, llegó por un momento la voz saboteadora (que tanto conozco) a juzgar lo que había hecho y si realmente mi acompañamiento había sido de alguna utilidad para alguien. Saludé a esta querida y vieja amiga un rato, hasta que se volvió a quedar en silencio. He llegado hasta aquí no por lo que he hecho de manera premeditada y consciente, sino por una fuerza misteriosa a la que una y otra vez, a pesar de la resistencia que puedan poner algunas partes mías, siempre me termino rindiendo.
Esa noche en privado y en los espacios de integración colectivos, varias personas se me acercaron a decirme que sintieron mi presencia a su lado, cercana, sutil y amorosa. Alguien incluso me dijo “eras como una mamá que cuida de cerca mas no interfiere en el proceso natural de aprendizaje de quien cuida”. En ese instante tuve una gran realización, darle lo suficiente a mis hijos es ser una mamá que cuida sin querer ahorrarles su dolor, su frustración o el reto que significa vivir como seres humanos. Y creo que exactamente igual aplica cuando estamos acompañando a otros en el rol de chela.
En mi vida las preguntas complejas se empiezan a integrar desde el cuerpo y esta última experiencia de ser chela fue una gran oportunidad para sentir en mi cuerpo lo que significó en ese momento dar lo suficiente. Este último mes en que mi mundo interior, de pareja y familiar sobrellevó una gran transformación, fue muy importante tener como guía ese arte de dar lo suficiente. Sin ese aprendizaje hecho desde el cuerpo ese día en Cocuyos, no hubiera podido atravesar este umbral con la confianza y el amor con el que he podido hacerlo y habría caído con más facilidad en estados prolongados de culpa y desasosiego.
Algo importante que me queda de esta experiencia es el regalo inmenso de estar al servicio de otros con el corazón dispuesto. Yo creía que había llegado a servir, preocupada en un principio por llegar dispersa, y salí renovada y bendecida por la experiencia. Dando se recibe y recibiendo se da, como nos enseñan los árboles, el bosque y la tierra.
Laura Restrepo

De corazón les deseamos lo mejor.
ॐ

Xochipilli, representación del amor, el placer y los juegos, la belleza, las flores y la ebriedad sagrada,
tiene talladas algunas Medicinas Sagradas, como el Psilocybe aztecorum, ca. s. XVI
«La vida no es más que un juego.
Solo un juego.
Un juego muy serio de magia.
En que me juego mi vida.»
Jyotish
CreArte MieL

Cuando lo dibujé, “lejos” del grupo de Villa … sentí nuevamente su presencia y su amor. Para mí es un símbolo de la comunidad que se construye y teje a través del Programa.
Jenny Arias
ॐ
Un parto de nueve meses. Mi experiencia con M
Cerré los ojos y me acosté pensando en el mantra que le aprendí a Josema: “me rindo y confío, me rindo y confío”. Así estuve un rato. Me di cuenta de que mi viaje había empezado cuando me percaté de que llevaba un largo tiempo sin respirar, intenté buscar mis pulmones, pero los límites de mi cuerpo habían desaparecido y no sabía bien dónde estaban.
¿Será que me voy a morir? Pensé, pero tampoco encontré mi boca o manos para pedir ayuda. “Me rindo y confío”, repetí. Y me invadió una sensación de que todo estaba bien, y que no iba a morir.
—Yo no respiro. La vida respira a través tuyo, Sú —pensé. Y en un voto de confianza me entregué y fui deliciosamente recibida.
La vida y yo éramos una misma, en comunión. Mi piel no era mi piel sino Ella.
Mi respiración no era mía sino de Ella.
No había Yo sino Ella.
Mi cuerpo era Infinito
Tintineante.
Mi experiencia era flotar en la inmensidad.
Estuve allí hasta que empecé a sentir una sensación extraña de ser una caja que con cada exhalación bajaba un nivel. ¿De qué? No sé … pero aterricé en el Terror.
¿Vi, sentí?, un grupo de mujeres demonio acechándome.
Eran altas, de tez blanca como la tiza, cuerpos esqueléticos y cabellos secos. Me mostraban sus colmillos y sus garras. El femenino va a devorarme, pensé.
Como un resorte pasé de estar deliciosamente acurrucada, a estar en cuclillas contra la pared, aterrada, llorando.
Nadie vino a salvarme. ¿Por qué no vino La Madre a abrazarme?
No sé.
Solo sé que vino la Madre Muerte,
La madre miedo.
La Madre Vida me había abandonado.
Me sentí como Jesús en la cruz, huérfana y con sed de amor.
En ingenuidad de sentirme humilde y entregada, vine al Rito de Renacer
Y la Madre no me dio tregua.
Me aplastó, y electrocutó la noche entera mis músculos,
Contorsionó mis raíces.
Rasgó mis gritos y estrujó mi pelvis en un parto sin conclusión.
Ya no era hija de la Madre Vida.
Tuve la absoluta certeza de estar atrapada en una maldición.
Maldición de mis ancestras, siete vidas atrás.
Una escena ritual de energía macabra y de venganza al masculino llegó a mi cabeza. Mujeres heridas, maltratadas, robadas de su soberanía y dignidad, se aliaban con su rabia y sombra para castigar al masculino.
Empecé a sentir una masa negra en mi cadera derecha. Me dolía mucho.
— Esto no es mío. ¡Sácamelo!—, pedía al facilitador mientras me retorcía y vibraba.
A lo largo de la noche varias manos vinieron a masajear mis piernas, pero la masa se aferró a mis muslos hasta varios días después.
Como una becerra terca estuve hasta que salió el sol, intentando exorcizar la maldición, la masa, el dolor profundo de las mujeres. Pero nada cambió. Estuve arrastrándome en el pasto, en el piso, entre cuerpos, y el túnel nunca llegó a su fin. Tenía la ilusión de que en algún momento pasaría algún umbral… pero no.
El dolor milenario del femenino humillado, no reconocido, aplastado, profanado y ahora maldecido se instaló en mi realidad expandida. Todo mi cuerpo era testigo del castigo : “Para ti no habrá amor, estás maldita”.
En algún momento de esta batalla sin sentido me erguí en un grito heroico de ser la Salvadora, la Redentora. Yo las iba a liberar. Y dije: “Soy Susana, hija de Luz, Hija de Myriam, Hija de Lili, Hija de Rosa, Hija del Amor”. Esperaba que nombrar a mis ancestras y a El Amor invocara algún poderoso conjuro, pero no. La Madre muerte apretó con más fuerza y se rió irónicamente mostrando sus colmillos.
Volví a mi colchón vencida, aturdida, y con un horrible dolor en mi cadera derecha. Me dormí solo después de que pasara una eternidad.
Del retiro salí chueca, cansada y frustrada.
Insospechadamente, mi viaje no terminó ahí. Sin saberlo, faltaban todavía algunas noches aterradoras y sanadoras.
Hace muchos años en un viaje de Ayahuasca, la mujer de la película de El Aro se presentó ante mí y me mostró unas escaleras, me invitaba a descender por ellas. Yo sentí tanto terror que ignoré esa invitación y mi viaje cósmico continuó por otros caminos.
Más o menos las siguientes dos semanas después de mi experiencia con M, cada que me acostaba sentía aterradoramente real la presencia de esta mujer a mi lado. No sabría cómo explicarlo, pero sentía algo horriblemente macabro mirándome. No sentí que me iba a atacar o a agredir y estaba segura de que si abría los ojos no iba a ver nada. Era más bien una huella en mi sistema, y mi mente solo supo ponerle esta forma: la mujer de El Aro.
Algunas noches ponía la serie Friends para poderme dormir y hubo dos o tres noches en que dejé temblar mi cuerpo a la espera de que algo pasara. También repetía los nombres de mis ancestras en lo que casi parecía un exorcismo, intentando evocar su Fuerza, su Luz, su Amor para hacerle frente a todo eso oscuro que sentía ahí, pero nada cambiaba. Esta energía macabra me seguía observando desde adentro.
Aunque había noches de verdadero miedo y las imágenes y experiencias que tenía eran nada agradables, sabía que no estaba volviéndome loca. Imaginaba que un sustrato profundo de mi psique se estaba intentando instalar unos escalones de consciencia más arriba. Y no sabía cómo acompañarlo, así que lo llevé a terapia. Con mi terapeuta acordamos hacer un ritual simbólico que me ayudara a organizar mi experiencia, pero esto solo pasaría el siguiente mes, cuando pudiéramos vernos presencialmente.
Mientras tanto, recordé algo que me dijo el facilitador: “en lo que yo he visto de mi experiencia Sú, las maldiciones nos hablan de un gran dolor”. Así que después de varias noches, cansada de no poder dormir bien, pensé: “bueno, cuál será el dolor de la mujer de El Aro”… ¿abandono?, ¿maltrato? ¿No sentirse amada ni vista? No muy diferente a mis dolores y al de las mujeres de mi familia. Así que decidí hacer Tonglen con el dolor de esta mujer. La imaginé nítida a mi lado, inspiré su dolor, y exhalé paz. Lo hice varias noches, hasta que una noche sentí su presencia acostada a mi lado y, extrañamente, no me dio miedo, ya no era tan ajena. Empezó a crecer un inmenso cariño y compasión.
Finalmente no pude ver a mi terapeuta de forma presencial, pero hicimos un ritual de limpia en el que lo importante para mí fue devolverle a La Vida misma esta energía Macabra. No era mía, y al mismo tiempo, sí que lo era. Es decir, de alguna manera terminar la dicotomía Madre Vida – Madre Muerte. Creo que no tengo muchas palabras para esto porque aún lo sigo procesando.
Con respecto a la mujer de El Aro, siguió apareciendo, generalmente cuando algo inédito va a pasar o tengo un nuevo reto que me da miedo, entonces me viene su imagen. Lo extraño es que ya no me mira a mí, mira hacia el frente. Y yo he aprendido a decirle “Estoy contigo, vamos juntas”.
Antes de acabar este escrito, quise ir a buscar la fecha en que tuve la toma y me di cuenta de que hoy se cumplen exactamente nueve meses. ¡Qué lindo!, ¿no?
Parece que por fin crucé el umbral.
Nací un poco más completa.
Con Amor,
Sú.
15/07/22-15/04/23
ॐ

Guía
Ce León
ॐ
Un canto vital
Abre la boca. Inhala por la vagina, ábrete. Siente cómo los nutrientes de la tierra y el fuego de su núcleo central te inundan, trepan por tu entrepierna y te hacen cosquillear la piel.
El cuerpo tiembla. Se calienta mi sangre y todo vibra.
Empiezo a salivar, mi garganta se humedece, y ante mi sorpresa, sin poder yo evitarlo, mi vagina la secunda. Al instante se juntan el placer, el gozo, la vergüenza y la culpa. Es la existencia tocando a mi puerta; es la fuerza vital que me penetra y aviva cada partícula que me compone.
Estamos sentadas en círculo en Cocuyos, alrededor de un altar con flores, incienso, objetos simbólicos, historias de vida, secretos que nos pesan y anhelos que nos hermanan. Comunión femenina y sagrada de una quincena de mujeres despertando a nuestra esencia. Llamado amoroso al vientre y a la voz interior que se expresa de tan distintas formas, y a la vez, al unísono.
Ante esta nueva realidad que se presenta, mis mecanismos de defensa son inmediatos y drásticos. Algo en mí ya ha calculado la distancia entre donde estoy, las puertas abiertas de la terraza, las barandas… y el pique que haría falta para huir de la vida; acorazar mis manos a mi espalda y dejar que el cuerpo caiga de cabeza para hundirme en un abismo.
Algo más sabio y grande que mi historia y mis temores me retiene y me conmina a hablar.
Nos acompañamos todas, lloramos, cantamos, compartimos. Tejemos un espacio melodioso de vida en el que nos presentamos entonando nuestros nombres. Por primera vez no me siento amenazada entre mujeres; aquí no hay rivalidad, no hay lucha de poderes. Se despliega en cambio una trama esperanzadora, colorida, una contención dulce que acaricia procesos profundos del alma.
Mi forma en esta tierra, con sus cavidades y sus límites, con su carne y sus espacios, se convierte en un instrumento musical inigualable. Mi cuerpo es una caja de resonancia con una vibración auténtica y reverberante, y de él brota una nana colmada de ternura.
Mi cuerpo es también un cántaro receptor. Lleno mi cántaro de aire y de luz, y lo vacío como regando semillas recién sembradas. Me convierto en las aguas que fluyen y se asientan en él.
Si bien está la posibilidad de las nanas, esto no excluye la vena salvaje y feroz que llevo dentro. En un momento dado, Cata me devuelve a mi naturaleza animal y me invita a rugirle mirándola directo a los ojos. Nos ponemos las dos, cual panteras, en cuatro apoyos, frente a frente, a la defensa y al acecho, poniendo límites y marcando nuestros rumbos. Porque en este espacio tiempo también gritamos, también somos “furia agazapada por eones” (Catalina Salguero, “Alquimia”). Somos todo eso y más, mucho más.
Aquí la medicina la llevamos dentro; se activa con la sabiduría incuestionable de todo lo que vibra y por ende de todo lo que suena. Aquí me topé con varias de quienes son hoy compañeras de camino, y por sobretodo, me encaminé con más decisión hacia mi misma, cantando.
La voz de tu vientre
Asilem
ॐ

Mi reflexión sobre lo que pasó en mi viaje de L
Yulia Markelova
ॐ
«Necesitamos la medicina que viniste a ofrecer por medio de ser la persona que eres.»
Así soy el amor
Siembro semillas con amor
sin imágenes de árbol o de planta;
abro los pétalos al sol
sin temer a la lluvia y al granizo;
despliego las hojas sin pensar
en la oruga que van a alimentar.
Oruga me vuelvo capullo,
capullo me vuelvo mariposa;
mariposa me echo a volar
sin saber que el pájaro me va a tragar;
pájaro regurgita mariposa
a los pichones en el nido.
Rata come pichón,
gato traga ratón.
Pero árbol y planta también soy:
flor que se abre y se marchita,
fruto que madura y da semilla.
Hoja verde que hace aire,
oruga, capullo y mariposa que respiran;
pichón que crece hasta que vuela
y caga semilla que germina.
Y todo pasa y todo queda,
Como dice aquel poema…
Verónica Fornaguera
ॐ
NOTICIAS Y VARIOS
Próximos retiros

Darle voz a tu útero, vasija de memorias ancestrales, del emocionar materno y de tus propias vivencias, es permitir al torrente de la granDiosa vida atravesarte.
Es darle voz a aspectos silenciados de tu alma para encontrar tu verdad y renovar tu fuente creadora.
Un encuentro tejido entre mujeres, sostenido por el poder de la propia voz y las Medicinas Sagradas.

El concepto tibetano Maitri significa amistarse consigo mismo y con la vida, y nombra este retiro nivel 3, una inmersión profunda en tu mundo interior.
Durante una semana, rodeado de naturaleza y desconectado del afán e inmediatez citadinos, podrás acceder a verdades y comprensiones profundas sobre ti mismo con una mirada amable y bondadosa.
En este retiro practicarás técnicas meditativas, de conexión con tu cuerpo y Respiración Terapéutica, que complementan el empleo de Medicinas Sagradas para acceder a Estados de Consciencia Expandida (EdCEx).
Festival Vesak: nacimiento, muerte e iluminación de Buda
Vesak, día del plenilunio de mayo, el budismo tibetano celebra su más importante festividad: el nacimiento, muerte e iluminación de Buda. Esta fecha es un gran momento para volver la mirada sobre lo que es el viaje del héroe.
Hace unos 2500 años, en el 623 a. C., nació Siddharta Gautama, en el nordeste de la antigua India y actual Nepal. Hacía parte de una familia de la realeza, estaba sobreprotegido y no tenía necesidades ni razones para hacer un esfuerzo adicional al del gozo mundano. El llamado a la aventura vino gracias a que Siddharta decidió conocer qué había más allá del palacio y, al cruzar el umbral, se encontró con vejez, enfermedad, muerte y ascetas.
La incompatibilidad entre lo que él consideraba real con lo que había afuera de su entorno inmediato lo condujo a renunciar a sus comodidades e iniciar una búsqueda de la verdad. Decidió dejar a su mujer, a su hijo y su palacio, y entrar a su laberinto, lleno de retos y tentaciones, maestros y renuncias.
Luego de su despertar (Buda significa aquel que ha despertado), Siddharta regresó a casa a enseñar el camino hacia el Nirvana, completando así su viaje del héroe, el cual recoge las Cuatro Nobles Verdades: 1) la naturaleza del sufrimiento; 2) el origen del sufrimiento; 3) la extinción del sufrimiento; y 4) el camino para ponerle fin. Las cuales obedecen a las tres características de la realidad: la impermanencia, insustancialidad y la interconexión.
La festividad de Vesak recibe su nombre por Vaiśākha, nombre sánscrito del mes del calendario lunisolar hindú que suele corresponder a abril o mayo del calendario gregoriano. Las luces de colores son un factor en común en todas las modalidades que adopta la celebración, también aprovechada para hacer limpiezas, visitar templos, recitar cantos y mantras; hacer meditaciones grupales y muestras de solidaridad con las personas más desfavorecidas. Suele durar cinco días: dos días antes se dedican a preparaciones, purificaciones y autosanaciones. El plenilunio, este año el 5 de mayo, se concentra en meditación. Los dos días subsiguientes se centran en el servicio y el compartir.
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Nuestro proyecto va creciendo con cada nueva entrega de este esfuerzo conjunto. Te invitamos a leer nuestros números anteriores. Sigamos nutriendo esta comunidad en busca de más verdad, belleza y bondad en la vida de todos.
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Cantorezo
Cantamos desde el alma, poniendo humildemente nuestra voz al servicio de la granDiosa Vida.
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Nos encantaría recibir tus prácticas creativas de integración.
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Viaje al fondo del alma.
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